lunes, 8 de febrero de 2021

02-04-2020 Diez meses antes

2 de Abril de 2020

 Hoy va a ser otro día agotador. Basta con echar un vistazo a mi alrededor nada más entrar, y no ver a casi nadie... Carmen, la subdirectora, pide a Aitana, de recepción, que le eche una mano con los desayunos, y se cruzan con Julia, la directora, que viene sudorosa y ojeriza de bañar residentes. Pregunta si siguen sin querer recoger abuelos de las residencias. Varios de los auxiliares nos giramos como si fueran a dar el número premiado de la lotería, espaldas rectas y oídos atentos. "No, no vienen" responde Aitana, y todo el mundo vuelve al trabajo con la cabeza un poco más caída, con el ánimo un poco más mermado. Con el corazón un poquito más herido.

A Julia se le escapa un leve sollozo, y parece que las lágrimas luchan por asomar de sus ojos. Se pasa la manga por la cara para secarse el sudor, y de paso borrar todo rastro de desesperación de su mirada. Me llama, y a Juani, una enfermera, para una tarea en la que le tenemos que ayudar. Al doctor que ha venido mientras Fermín se "recupera" ni le he visto. Está corriendo de habitación en habitación, luchando por gente de la que solo sabe lo que ponían expedientes mal redactados. 

Nos ponemos los pocos EPIs que tenemos, y, con todo el miedo del mundo, entro a la habitación de Doroteo, contagiado de Covid. Su aspecto es muy penoso, delgado como un esqueleto cubierto de piel, su pecho sube y baja con demasiado esfuerzo, mientras le acompaña un sonido rítmico de una ahogada respiración que, con excesiva frecuencia, se interrumpe con ataques de tos que le arrancan de la vida por unos instantes. A veces da la sensación que no recobrará el aliento, pero logra conseguirlo, aunque el oxígeno que le proporcionan los tubos en su nariz es, claramente, insuficiente. Parece ser que esta noche han tenido que traerle de vuelta de la mismísima muerte un par de veces. Pero no mejora. Cada vez satura peor.

Mientras le cambio el pañal, oigo a la enfermera que pregunta a Julia que si está segura... Ella responde que sí, que hay que aliviar el sufrimiento de este hombre en la medida de lo posible. Que quizás mañana sí vengan las ambulancias. Aunque éso fuera lo que pensaba ayer. Y anteayer. Y la semana pasada. La enfermera carga una jeringa, y me doy cuenta de lo que ocurre. Le van a sedar. No tenemos UCIs, no tenemos respiradores, no tenemos ayuda exterior, no tenemos nada. Se me pasa por la cabeza todo tipo de divagaciones sobre las demás posibilidades, sobre las otras opciones, sobre cualquier otro camino... Pero no llego a ninguna conclusión. Se me acelera el corazón, siento un nudo en la garganta, pero me esfuerzo porque no se me note. Me invitan a salir de la habitación si quiero. Niego con la cabeza y me siento a los pies de la cama.

Doroteo abre levemente los ojos, y susurra ahogadamente preguntando sobre qué íbamos a hacer. Julia le coge de la mano, y con toda la ternura del mundo, le informa que le van a dar un medicamento para que le duela menos, para que esté mejor, y que le ayude a dormir. La enfermera le pone la inyección.

"Entonces, me voy a morir, ¿no?"

Las tres nos rompemos. Doroteo no alcanza a verlo, y hasta parece que duerme plácidamente. Julia nos abraza.

Apenas pasaron unas horas cuando falleció.

Las ambulancias tampoco vinieron al día siguiente. Ni el de después. Ni siquiera pasada una semana...

viernes, 29 de enero de 2021

28-01-2021 Déjà vu

 28 de Enero de 2021

Ayer se llevaron en ambulancia a Mariana, una abuela de 75 años a la que el Covid no ha dado tregua, pese a estar luchando contra un cáncer. Además, tiene una dolencia cardíaca... Es de los pocos casos que nos han saltado en estas semanas, pero a ella le ha golpeado fuertemente, y tiene muchos factores de riesgo. 

Aparte de la tremenda fiebre, comenzó con serios problemas respiratorios hace un par de días. A su hijo no le dejaron ni subirse a la ambulancia, y se fue notablemente preocupado en su vehículo particular tras ellos. Nos dio mucha pena, era una mujer muy agradable y se marchaba en un estado de extrema gravedad. 

Pero la puntilla nos llegó por la tarde. Muchas auxiliares trabajan horas extra, o incluso doblando turnos, en otras residencias y hospitales de la zona. Coral iba algunas noches al hospital de destino de Mariana, y nos escupió la realidad a la cara. Ya había cribados. No oficiales, por supuesto. Pero la saturación en las UCIs hacía que empezaran a tomar decisiones terribles. Pacientes mayores de 70 y con patologías previas severas no van a cuidados intensivos, sino que se les seda y pasan a planta. A esperar.

Hoy su hijo nos ha llamado para decir que Mariana ha fallecido durante la noche, en una habitación, mientras aguardaba plaza en la UCI. 

Vuelve a pasar.

domingo, 17 de enero de 2021

23-10-2020: la piedra en el camino

23 de Octubre de 2020

"El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra"

A primeros de Septiembre la familia de Fernando le trajo desde otra residencia de la misma localidad. Vertían veneno sobre el trato recibido en la misma, donde, lamentablemente, falleció Rosario, su esposa, por coronavirus. Afirmaban que la anciana se había contagiado en el centro, y que iban a llevar el asunto hasta el final, a denunciarles, a hundirles...

Fernando no se enteraba apenas de lo que ocurría a su alrededor. De unos 85 años, no caminaba, y apenas tenía capacidad para comer solo. A veces llamaba a su mujer. O a sus hijas. O preguntaba dónde estaba. Otros tenían episodios largos de angustia y tristeza. Fernando era afortunado, y volvía al vacío de su memoria en minutos. Sólo conocíamos a su hija, Victoria, y a su sobrina, Leonor, pues dadas las estrictas normas con respecto a las visitas, eran las únicas que venían. Ambas eran muy sociables, demasiado si he de ser sincera. Presumían de sus redes sociales, de ser "instagramers", pero no vivir de ello. De hecho, a cada persona de la plantilla que se cruzaban, desde auxiliares a doctores, pasando por la propia directora, les invitaban a seguirlas, o pedían los perfiles para hacerlo ellas. Cuando me tocó a mí, no me gustó demasiado lo que vi. Aparte del postureo que ya esperaba encontrar, y como habían convertido sus hogares y familias en objeto de lucimiento, que también lo imaginaba, observé que había demasiadas imágenes fuera de su hogar en las semanas del confinamiento duro. "Escapada al pueblo, porque como soy autónoma, me he hecho a mi misma un salvoconducto para ir a visitar por motivos de trabajo a mis primos", "esta madrugada nos hemos ido a cenar con Jordi y Elena, que emoción, parecíamos delincuentes por la calle", "hoy hemos alargado el paseo casi cinco horas, para almorzar con Juan y Maricarmen; su tortilla es de lo mejor del mundo, y total, aquí estamos solos"... Lo más preocupante es la cantidad de likes de sus imágenes, y las risas y comentarios de las mismas.

Siempre venían sonrientes, dando palmadas y algún furtivo beso en la mejilla. El contacto físico no les asustaba en absoluto. Todo lo contrario, teníamos que mantener nosotras las distancias. Cuando fue el cumpleaños de Fernando, pretendían acudir a celebrarlo con sus maridos e hijos. Por sus trabajos, se hacían frecuentes PCRs, e incluso algún serológico. Y los menores estaban federados en equipos de fútbol, donde las pruebas eran obligatorias y rutinarias (semanales, afirmaban). Obviamente, no se les permitió. Hubo una fuerte discusión, y Emma, la trabajadora social, les dejó que al menos el personal entregara la tarta a Fernando, y le cantaran y felicitaran por videollamada. El pobre hombre miraba la vela en el pastel, y oía los cantos desde el dispositivo sin inmutarse. Luego Emma se llevó la bronca del director, y la familia recibió una llamada suya.

No fue la única vez, mucha gente metía comida, ropa u objetos para los residentes sin que nos diéramos cuenta. Cuando se detectaba algo de lo introducido, se llamaba a los familiares para recordarles las normas, y solía haber una llamada de atención a quien estuviera al cargo de las visitas... Pero, ¿qué quieren? ¿Que les cacheemos? ¿Que estemos encima de ellos durante ese tiempo? Las familias pedían un mínimo de intimidad, y teníamos orden de dejarles. ¿Qué querían que hiciéramos?. 

Cuando se fue permitiendo a los ancianos salir a pasear por el recinto, durante la visita, a Fernando siempre se le llevaban junto a una de las puertas de acceso para vehículos. Pacientemente esperaban que alguien entrara o saliera, y, bloqueando con un cartón el ojo electrónico, ésta se quedaba abierta. Fuera esperaban los maridos y los menores. Abrazos, besos... Se les llamó la atención muchísimas veces. Carmen, la subdirectora, llegó a amenazarles con no autorizar sus visitas. De nuevo discusión. Paula, la directora, debía mimar a uno de los pocos ingresos nuevos que habíamos tenido desde que la residencia volvió a aceptar clientes. Se limitó a recordarles las normas, y a decirles que si algo pasaba, no se responsabilizaría de ello. También podría no haber dicho nada. Hubiera servido para lo mismo.

Hace un par de semanas Fernando se puso muy malito. Y su hija Victoria y su marido e hijos dieron positivo en los tests.

Cuando se llevaron a su tío al hospital, Leonor gritaba que fue un error "traerle a este antro". Ya no había buenas caras ni cariño.

En redes, en las semanas anteriores (por no retroceder más) podíamos ver jornadas de paseo de su hija en la sierra con amigos, una paella en un restaurante de Madrid, un centro comercial, y un par de cenas en casas de conocidos. Algunas de las personas de ese círculo también resultaron contagiadas. Un par, incluso lo postearon días antes que Fernando, Victoria y su familia enfermaran. Es lo malo de invitarnos a seguirlas, y que ellas lo comenten y compartan absolutamente todo.

Fernando falleció a los pocos días. 

Leonor no enfermó porque ella ya lo había pasado cuando lo cogió su tía Rosario, en la otra residencia. Nos decía, antes que ocurriera todo ésto, que un amigo de su hijo no tuvo cuidado, y contagió a toda la familia. Prohibió a su hijo volver a verle.

Nadie le recordó que, según sus propias palabras, la culpa y el mal habían nacido en la otra residencia.

Se fueron notablemente enfadados, afirmaban que la anciana se había contagiado en el centro, y que iban a llevar el asunto hasta el final, a denunciarnos, a hundirnos...

miércoles, 13 de enero de 2021

31-12-2020 ¿Dejamos lo malo atrás?

 Esta noche es Nochevieja. Como imaginaba, nadie ha avisado al último turno para que venga antes, y todos los de la tarde tienen permiso para irse a las 21. Da igual que en Nochebuena solo quedara una persona para defender el fuerte, que, además, se encontraba con las puertas abiertas al exterior de par en par. Y así siguen. Mantenimiento ha hecho lo que ha podido, pero llamar estos días a la empresa encargada supondría un gasto extra, una nota negativa a pocas jornadas del cierre económico (que me imagino no será bueno, como para casi nadie). Paula, la directora, lo tiene en su agenda para "la semana que viene". Aparte de desaparecer cuando hay problemas, y despedir gente, lo que mejor se le da es el ahorro. En pleno invierno, y para que los residentes, que deben pasar estas noches tan especiales alejados de sus seres queridos, tengan otro motivo de amargura, ha decidido programar las temperaturas de toda la climatización del edificio. A las 20:00 muchos auxiliares se ponen chaquetas, y éso que no paran de moverse. Imaginad los abuelos en sus habitaciones.

La tarde se divide en dos grandes partes. Desde que entro a las 15:00, y hasta las 19:00 más o menos, es un contínuo ir y venir de gente. Ahora las familias pueden llevarse a quien quieran, sean o no portadores de anticuerpos. Paula dice que es cambio de normativa de la Comunidad de Madrid. Yo ya no sé qué pensar, pero nos han convertido en un coladero. Se los llevan a dar un paseo, a tomar un café, a ver a los nietos... Da igual... Ésto es la jungla. 

El hijo de Vicente montó en cólera en mayo cuando la Comunidad de Madrid trasladó forzosamente a positivos de Covid desde hospitales saturados. Logró que la noticia fuera localmente viral en redes sociales, e incluso que saliera unos minutos en un Madrid Directo. Cuando acabó el confinamiento y recuperamos esa relativa normalidad, fue uno de los más críticos con la reapertura del Centro de Día. Y ahí le tienes, con la mascarilla a media asta, y trayendo de vuelta a Vicente de tomarse un chocolate con churros en una cafetería del pueblo.

La hija de Teodora sacó a su madre de la residencia a primeros de abril. No le parecía un sitio seguro, y, pese a las advertencias que se le dieron sobre la complejidad de hacerse cargo de ella, pues es una gran dependiente y muy corpulenta, optó por tratar de cuidar a su madre con la ayuda de un par de hijos adolescentes que tiene. La pobre abuela se fue llorando de felicidad, pues no soportaba el encierro en la habitación, sin interactuar con nadie. Se despidió con cariño deseándonos suerte. La primera noche en casa se cayó y se rompió un brazo, pero al centro no podía volver porque no admitíamos ingresos. No podía entrar nadie nuevo dada la situación de emergencia. Se las ingenió para hospitalizarla, y que desde allí la derivaran de nuevo a la residencia. La finalización de contrato no estaba firmada, y le dieron igual los protocolos. Guerra dialéctica que sirvió de poco, y Teodora volvió a su celda a seguir contando los segundos en soledad. Esta tarde la han vuelto a traer tras unos días en familia, viendo primos, hermanos, e incluso algún vecino. Ella misma nos lo contaba. ¿Quién ha hablado de burbuja o limitar contactos?. Hasta han contratado una chica para hacerse cargo de la anciana para estas jornadas, que también ha venido a traer a la abuela. Ahora todo parece seguro, todo es muy normal.

A Amelia han venido a cantarle villancicos sus nietos. Los cinco. Tres de su hijo y dos de su hija. 9 familiares en total. Cierto que no lo han hecho en el interior del edificio, sino en los jardines. A la residencia solo han pasado a despedirse de ella y colmarla de besos. Ocupaban casi todo el espacio de la recepción. Los auxiliares tenían que pedir permiso para pasar. A Juan Antonio le han traído un traje nuevo, y un roscón que, amablemente, han partido y dejado en una mesa para que coja quien quiera. Cuando la doctora Carla lo ha retirado por seguridad, faltaban casi tres cuartas partes.

Aquí vale todo. Las quejas del personal caen en saco roto. A las familias no se les recuerda el protocolo, ni se les reprocha su actitud. Y, previsible, Paula se fue a las 14, al igual que todo el personal técnico. Sólo se ha quedado la doctora Carla, que, otra vez, se tira demasiado tiempo corrigiendo a la gente pues es la única persona que parece causar respeto. Afortunadamente no todo el mundo es así, hay muchas familias que hacen las cosas bien. Pero son cada vez menos.

A partir de las 19 los visitantes se convierten en anecdóticos. Como en Nochebuena, a las 21 todos los residentes están cenados y acostados. Y los trabajadores, con permiso, empiezan a irse. Esta vez no estará solo la enfermera de guardia sola. Carla, Concepción (otra auxiliar) y yo nos quedamos voluntariamente por si algo ocurriera. Las tres vivimos en esta misma localidad, y ninguna va a ir a tomar las uvas por ahí. Este año toca en casita. No nos lo ha pedido la supervisora. Ni la directora. Nadie de la empresa. Es solo que a nosotras sí nos preocupa que pueda pasar algún imprevisto. Y la puerta, que sigue abierta. 

Llega el turno de noche. Nos deseamos feliz año nuevo, y volvemos a casa.

Hasta mañana. 2021. Que, con suerte, al menos al principio, será igual.

Porque nada indica que vaya a ir mejor.


lunes, 4 de enero de 2021

24-25/12/2020: ¿Felices fiestas?

24 de Diciembre de 2020

La puerta de acceso a la residencia está estropeada de nuevo. Lleva así tres o cuatro días. No se abre desde recepción cuando alguien llama, y toca salir todas y cada una de las veces. Y, aún así, muchas veces se atasca. Han ordenado a los de mantenimiento que inutilicen la apertura electrónica. Ahora podrá entrar y salir quien le dé la gana, y cuando le plazca. Aunque ésto no es nuevo. Creo que ha estado más días averiada, con uno u otro problema, que funcionando con normalidad. 

Mi turno en Nochebuena es de tarde. Me han dado permiso para irme una hora antes, y así llegar a tiempo a cenar con la familia. Para más de un auxiliar es de gran importancia, ya que el transporte público también altera sus horarios en estas fechas. Entro a las 15 horas, y ya no queda nadie al mando. La directora, Paula, se ha ido a las 14. Hoy al menos se ha dignado en venir. Llevábamos casi una semana sin verla el pelo. Algunos rumoreaban que quizás hubiera pillado el virus. Pero parece ser que no. Sencillamente tendría cosas más importantes que hacer que atender la avalancha de familiares y visitas de este periodo navideño. Cada día que pasa me parece más inútil. Hasta el personal más cualificado parece haber bajado rendimiento. En algunos casos, porque se han hartado de resolver situaciones que no son de su competencia sin una simple palmadita en la espalda. Es más, si la decisión no era la correcta, se llevaban una buena bronca. Y si consultaban, el rapapolvo era por no saber tomar decisiones. Otros, sencillamente, han decidido desde el primer momento no asumir responsabilidades. No sé qué hubiera hecho yo, pero entiendo ambas actitudes.

Pero no ha sido la única en finalizar anticipadamente su jornada. No queda ningún supervisor, ni fisio, ni psicóloga, ni trabajadora social... Nadie. La doctora Carla, de guardia, Aitana en recepción, y un par de enfermeras y un puñado de auxiliares. Y vienen unas horas de muchísimas visitas, que nadie va a supervisar.

Como era de preveer, la recepcionista solo ha podido controlar a un par de familias. Con la puerta abierta, la gente entra como le da la gana. Son buitres al acecho que han visto su oportunidad. Yo la he tenido con una familia que venía con tres menores. Pero solo me ha valido para que me pidan mi nombre para dar una queja sobre mí. No lo entiendo, saben a lo que se exponen. Han firmado compromisos, y conocen las normas. Ponen en peligro a los abuelos, a los trabajadores, a sus propios familiares. Pero les da igual. Hay quien ha traído alimentos y pequeños cotillones para alegrar a sus padres o madres. Hay quien se los ha llevado, sin decir nada a nadie, a dar una vuelta o a tomar algo a una terracita. Aitana, en recepción, ha estado al borde del llanto un par de veces de pura impotencia. Carla, la doctora, parece que transmite más poder, y algunos le hacen caso... hasta que se va. No puede estar controlando a la gente. No está para éso. Parece que la directora no le coge el teléfono. Los auxiliares solo vemos entorpecida nuestra rutina, cuando no se nos cuestiona cualquier merma física o mental de los residentes. "Es vuestra culpa", como si los meses de confinamiento y aislamiento, y sus secuelas, fueran cosa nuestra.

Con el paso de las horas disminuye el flujo de familias, y todo parece recuperar una relativa normalidad. A las 21 dejamos a los abuelos cenados y acostados, y nos vamos despidiendo, deseándonos feliz noche y esas cosas. Como la puerta está averiada, cada cual se ha ido cuando ha creído oportuno, sin necesidad de avisar. Fichan, saludan a quien esté, y hasta mañana. La doctora y la chica de recepción salen a la par que yo, dejando una enfermera de guardia en su lugar de trabajo por si alguien apareciera o llamara a última hora.

25 de Diciembre de 2020

Cuando entro, de tarde de nuevo, mis compañeras me sueltan la bomba. Nadie avisó, advirtió, ordenó al turno de noche que acudieran antes (como se ha hecho otros años). Es decir, a las 21 nos fuimos las de tarde, y hasta las 22 no llegaron las de la noche. La verdad es que cuando salí no me fijé en cuanta gente había llegado ya o no. Al no haber control en el acceso, no se oía la llamada que indicaba que alguien entraba a trabajar. Y existen tres puntos de acceso al interior del edificio, que los empleados usan indistintamente, por lo que no reparamos en que no había llegado el relevo. La residencia quedó al cargo de una enfermera durante una hora. Unos 150 ancianos. En teoría dormidos, éso sí. Y con la puerta abierta al mundo. Poco nos pasa con esta gestión.

Y no es todo. El 31 trabajo de tarde. Me han dado permiso para irme antes. Pero al turno de noche nadie le ha dicho aún que alteren su horario. ¿Qué vamos a hacer?

domingo, 27 de diciembre de 2020

3/12/2020 Día libre

 3 de Diciembre de 2020


Mis días libres, haciendo la compra en el súper, y en el chat del trabajo nos avisan de un curso obligatorio para mañana. Vaya mierda. Estoy segura que algo podrá hacerse, o que no estoy obligada a mirar esos mensajes en mi tiempo fuera de la jornada laboral, en alguna parte me suena que lo he leído. Que las empresas no pueden obligar al trabajador a recibir ese tipo de información fuera de dicha jornada, o incluso que podría considerarse acoso, o algún rollo similar... ¡Qué pereza!. Los cursos... Innumerables, tediosos, redundantes... Innecesarios diría yo. Llegan tarde, como respuesta a reclamaciones o indemnizaciones, y solo valen para que la empresa se cubra las espaldas y nos echen la culpa a los de siempre, porque no enseñan nada. Manuales absurdos o cursos online que se superan dejándolos abiertos mientras ves la tele, y tirando de aplastante lógica para los cuestionarios. No cuentan nada que ya no sepamos, o no hayamos tenido que aprender a base de realizarlo mil veces, con otras compañeras por maestras. Casi me da miedo mirar de qué es esta vez.


Cursos. No los he echado de menos en absoluto. Ni uno solo nos han dado durante toda esta crisis. Y mira que nos podrían haber explicado cosas, que nos podrían haber facilitado la labor. Seguro que más de uno se hubiera ahorrado unos días de hospital. Y posiblemente vidas. Con la formación y el material necesario. ¡Cómo ha cambiado todo! Desde lo más mundano a lo más complejo. Donde estoy yo ahora mismo: el súper. Me acuerdo cuando guardábamos cola para entrar porque se respetaba escrupulosamente el aforo. Y nadie se quejaba. Todos con guantes y mascarillas, y una lista de la compra interminable, para no tener que ir mas que lo necesario. Nada de cestas, todo el mundo carros, y llenos hasta arriba. Y si te cruzabas con alguien en los pasillos, cada uno tiraba para un lado para evitar siquiera rozarse, con una tímida sonrisa llena de miedo por si la otra persona estaba apestada. En caja, nadie daba efectivo porque nadie quería recibir vueltas. Y en cuanto salías, el empleado daba el visto bueno para que otro cliente entrase.

Aforos, limitados y respetados en todos lados. Tiendas donde solo entraban 2 o 3 individuos, y que ahora aparecen de nuevo con decenas de personas, como si nadie recordara que ésto aún no ha terminado. Me niego a hablar de los bares y terrazas. Entiendo que esa gente debe vivir de algo, pero es como si todo el mundo deseara recuperar el tiempo perdido, como si ya les diera igual todo. Han adquirido una falsa conciencia de inmunidad. O el miedo se ha ido hundiendo en un mar de hartazgo, de ver como las normas y recomendaciones ni se cumplen ni se hacen cumplir. Informaciones contradictorias, investigadores puestos en duda, números que cambian, políticos que solo saben dividir, y no sumar. El ciudadano está cansado, se siente engañado, y furioso. Y ese enfado le hace prepotente frente al temor al contagio. Y por lo tanto peligroso. Somos peligrosos. Porque ya no nos lo creemos. Porque ya no se lo creen.

Y así, mientras en primera línea de guerra, surfeamos como podemos la segunda ola de la pandemia, enfrentados a las negligencias de la empresa, enfrentados a las familias con la opinión contaminada por ese "no pasa nada", "tanto cuidado es una exageración", o "a mí me vais a decir qué puede o no hacer mi familiar con lo que ha sufrido aquí encerrado", enfrentados a amigos y familiares que se han unido a la masa de relajados descerebrados, los casos siguen existiendo. El virus sigue existiendo. La gente sigue muriendo. El clásico tópico de "un avión diario que se estrella, todos esos fallecidos cada día". Pero es como si esa aeronave se hubiera accidentado en cualquier país tercermundista y sin pasajeros occidentales a bordo. Qué pena, pero me da igual. Aquí, lo mismo. Si no te toca, qué pena, pero me da igual.

Espero la cola de la caja para abonar mi compra, y me decido a abrir el chat, y termino de leer lo que solo tenía en previsualización. Impresionante. El cursillo obligatorio de mañana es para que aprendamos a ponernos y quitarnos correctamente los EPIs. Hay que firmar una especie de acta donde reconocemos que se nos ha dado esa formación. 

A ponernos y quitarnos los EPIs. A 3 de diciembre, con lo que hemos pasado.

Impresionante.

martes, 22 de diciembre de 2020

22/05/2020 Nuevos residentes

Lucio. Pedro. Joaquín. Hortensia.

Los cuatro llegaron juntos, a mediados de Abril, cuando ya estábamos logrando recuperar una normalidad relativa. Fueron traslados impuestos por la Comunidad de Madrid. Venían de un hospital saturado, y todos tenían en común que estaban enfermos de COVID, y la soledad y el abandono.

A Lucio le recogieron en un parque. Es un alcohólico de libro, con su pelo largo alborotado, nariz y pómulos rojos, y aspecto de tener muchos más años de los 63 que indicaba su ficha. Parece ser que algún vecino lo vio desde su terraza. Se había tirado lo que llevábamos de confinamiento ocultándose de la autoridad. No quería ir a ninguna pensión, hostal, estadio, o lo que fuera. Su mundo era la calle, como decía. Y sabía donde buscar para tener líquido que le calentara las entrañas todos los días. Cuando la policía acudió a desalojarle, estaba inconsciente. Se lo llevaron a dormir la mona al calabozo. Y de ahí al hospital. Estuvo un par de semanas en planta, y como su estado no empeoraba, nos lo derivaron. Residencias medicalizadas, decían. Si llega a empeorar no lo cuenta. Ni teníamos medios, ni venían las ambulancias. ¿Lo habrían mandado a morir aquí?. No lo hizo, venció a la enfermedad. Pero, como todos los casos de ancianos recogidos de la calle, el protocolo indicaba que tenía que pasar a módulo psiquiátrico. Nadie ha venido nunca a visitarle. Le quitaron la calle, su mundo. Encerrado, solo, un alma rota marchitándose cada día más.

Pedro fue arrollado en un paso de peatones. Autor desconocido. Estuvo en coma, y cuando despertó llevaba el virus dentro. Eran los días del caos, con EPIs insuficientes. Debió ser alguien del hospital. Es el más joven de todos, no creo ni que tenga 50. Vino a la capital a comerse el mundo, y la ciudad le devoró a él. A sus años, la vida de mensajero suena a dura y complicada. Tiene rotas las piernas por no se cuantos sitios, un brazo, y varias costillas. No se levanta de la cama para nada. Localizaron a un conocido suyo a través de una tarjeta de una pensión que llevaba encima, que le llamó a los pocos días de llegar a la residencia. Sus huesos sanarán, e imagino que le permitirán salir del módulo, que le dejaran irse del centro. Pero de momento ahí sigue, oyendo delirios y gritos a su alrededor, mientras ve el mundo a través de los barrotes de la ventana, sin que suene el teléfono de la habitación.

Joaquín es el que peor estaba. De hecho, no dejó nunca de estar mal. Se moría, y nadie venía por él. Aguantó, nadie sabe bien cómo, y un buen día las ambulancias volvieron a acudir a nuestras llamadas. Es el único que volvió al hospital, aunque jamás salió de allí. Un mes después de comunicarnos su fallecimiento, nos han llamado por si teníamos posibilidad de localizar a algún familiar o conocido. Nadie había reclamado el cuerpo, y de seguir así la situación, sería donado a la ciencia. Creo que al final ese será su destino.

Hortensia está a punto de cumplir cien años. Vivía con una vecina en un barrio muy humilde, contribuyendo con la totalidad de su pensión a cambio de techo y cuidados. Si venía cargada de virus, nadie lo notaba. Tenía los achaques propios de su edad, pero era casi independiente. Esa era su maldición. Perdió hacía años a su marido en un accidente de tráfico, y un cáncer se llevó a su hija mayor, y el COVID al menor. Tenía un par de nietos: uno drogodependiente que se arrastraba de poblado en poblado, y estaba en busca y captura; y el otro internado en un centro de salud mental de una localidad lejana, parece ser que no era consciente de nada de lo que ocurría a su alrededor. Su vecina, en su ausencia, y pensando que a sus años no superaría la enfermedad, acogió a un hermano y su familia, que no podían pagar el alquiler porque habían perdido sus puestos de trabajo. Cuando fue su cumpleaños, no dejaba de llorar. "¿Por qué no me muero? ¿Por qué? Me lo han quitado todo, a mi marido, a mis hijos... No tengo ni donde ir, y aquí me encerráis con los locos... ¿Por qué no me ayudáis de verdad y me pincháis algo? ¡Ojalá tuviera valor para irme, para matarme!"

Lucio. Pedro. Joaquín. Hortensia.

Los cuatro llegaron juntos, a mediados de Abril, cuando ya estábamos logrando recuperar una normalidad relativa. 

No tuvieron la culpa, pero tras su llegada hubo un rebrote serio. Mucho personal y residentes enfermaron. 

Fueron traslados impuestos por la Comunidad de Madrid. 

Venían de un hospital saturado, y todos tenían en común que estaban enfermos de COVID.

Y la soledad y el abandono.