jueves, 1 de octubre de 2020

4/04/2020 Clara, la escapista

 4 de Abril de 2020


Clara, que gran escapista fuiste...


Cuando me contrataron en la residencia, Clara ya estaba ahí, y éso que yo llegué cuando el centro apenas llevaba unos meses abierto... Fue una de las abuelas "fundadoras", y ha visto pasar a tantos directores como yo, por no hablar de la innumerable cantidad de terapeutas, enfermeras, auxiliares...y ni que decir de propios residentes... Clara se jactaba de venir de Chamberí, de ser gata, aunque no se le notaba acento de chulapa, pero sí tenía escuela, mucha escuela... No la engañaba nadie, ni había terapeuta que lograra doblegarla con artimañas profesionales. Debías irle con la verdad por delante, y cruzar los dedos para que quisiera hacer lo que correspondiera, pues si no el debate en el que entrabas con ella podía durar horas... La mayor parte de las veces acababa haciendo lo que se le decía, pero cuando no era así, el "menuda soy yo", o "a mí me vais a venir con ésas" se convertía en un murmullo constante durante el resto de la jornada. Acabó aquí porque su único hijo se mudó fuera del país, y, creo, la convenció con a saber qué tretas, para dejarla, de algún modo, en algún lugar donde pudiera llamarla o visitarla (aunque, en realidad, nunca volvió a verla).


Clara era más bien obesa, de pelo blanco largo y rizado, y con los ojos siempre exageradamente pintados de negro, así como las uñas de un rojo brillante. Siempre le acompañaba un inseparable bolso amplio de algún mercadillo, pero que resistía firme el paso de los años. En él, podía aparecer desde el desayuno al completo (con algún cubierto o vaso incluido) porque en ese momento "no tenía hambre", hasta los objetos más insospechados que recogía por ahí. Desde latas de refrescos vacías que, por lo que fuere, le llamaron la atención, a un anillo de compromiso que alguien debió perder en la calle.


Al principio, Clara era mucho más que válida. Todos los días salía a pasear, y en el Norte, la cafetería que está a dos calles, la conocían de sobra. Cuando entraba, ya iban preparándole su cortado y dando a la máquina de tabaco para que sacara su Fortuna 23. Luego ella lo pagaba todo junto en la barra. Y menudo cabreo pillaba si estaba agotado ese formato de cigarrillos... Los camareros le ofrecían el Fortuna normal, de 20 unidades, y ella se lamentaba diciendo que no le iba a llegar hasta el día siguiente... Fumaba como una carretera, contínuamente, cada vez que salía al exterior a dar una vuelta. Conocía bien las normas, y nunca lo hacía dentro de los muros, para evitar que le confiscaran, como pasaba con otros, cualquier objeto que pudiera causar un incendio. Hiciera calor o frío, lloviera, nevara, le daba igual. Siempre la tenías bajo algún tejadillo o buscando un lugar protegido para echarse un pitillo...


Hasta que se empezó a olvidar.


Lo he vivido muchas veces. Demasiadas. Empiezan por detallitos pequeños, y nunca sabes cuando acabará. A veces es muy lento, un deterioro que dura años y es imperceptible durante mucho tiempo. Pero a Clara la devoró con una velocidad asombrosa. El maldito Alzheimer se cebó con ella. Los primeros atisbos ni lo parecían. Cuando no recordó donde había puesto el mechero, o incluso el paquete de tabaco, todos nos reíamos con ella. Ni reparamos en que cada vez extraviaba más encendedores, a todo el mundo le pasa, ¿no?. Pero, un día, volvió de su paseo sin tabaco, no por dejárselo, sino porque no sabía donde estaba la cafetería. En otra ocasión, un chaval del Norte nos llamó porque Clara le había pedido llamar a un taxi para que la llevara a su casa de Chamberí. Comenzó a preguntar al personal que "a qué hora volvía su hijo", o exigía que le devolvieramos las llaves de su vivienda. Estaba cada día más malhumorada, más confundida.


La primera vez que la trajo la Policía Local, la habían encontrado deambulando por el Retiro. Un jardinero la ofreció ayuda, y ella le explicó que había venido a pasear con su pequeño y no le encontraba. Llamaron a las autoridades pensando que se trataba de su nieto. Ella hablaba de su hijo, de los paseos que daban décadas atrás. Nos localizaron porque la empresa regala a todos los residentes un pin que se colocan en el pecho, brillante y colorido pero lo suficientemente discreto, donde está indicado el nombre del centro y un teléfono de contacto. Desde ese día, la dirección, tras conversar por teléfono con su hijo, le restringió totalmente las salidas. Podía pasear por la residencia, por las zonas ajardinadas en el exterior, pero no salir al exterior. Aún hay quien no se explica cómo no la llevaron al módulo.


Y ahí comenzó una carrera que le hizo ganarse en pocas semanas, y muy justificadamente, el apodo de "la escapista". Las primeras veces, se limitaba a estar atenta cuando algún familiar entraba o salía, y aprovechaba y se iba, a veces incluso pidiendo amablemente que les sujetasen la puerta. Os sorprendería saber lo poco que se preocupa la gente de esos ancianos que salen, quienes son o a donde van; contaría con los dedos a los que avisan en recepción de cruzarse con ellos, y con los de una sola a los que primero, sin permitirles salir, se preocupan de saber si esa persona puede ir al exterior. Luego descubrió la puerta de vehículos. Nunca se había ido por ahí porque, sencillamente, no lo había necesitado. Los del Norte empezaban a hartarse, "oye, que Clara está aquí otra vez, tus jefes ¿no hacen nada?, está molestando a un cliente pidiendo que la lleve en coche a casa -ellos ya nunca atendían sus peticiones de taxi-, la próxima vez llamamos a la policía en vez de a vosotros". Y razón no les faltaba, era de vergüenza la cantidad de veces que esa mujer estaba al otro lado de la verja. Cuando volvía, cada vez más a menudo, no sabía ni a donde la habían llevado. Se nos presentaba una y otra vez, y nos contaba como la habían llevado ahí a esperar a su hijo, que iría a buscarla. A veces, confundía a alguna auxiliar con antiguas vecinas. Algunas se reían, otras le seguían el juego con ternura, y le daban un rato de conversación sobre gente que ni conocía. Partía el alma.


Entonces llegó el COVID, y se restringieron las visitas. La puerta ya apenas se abría, y, cuando ésto ocurría, se vigilaba quien entraba o salía. Pero Clara, de nuevo, volvió a desaparecer. El Norte estaba cerrado, y la (por entonces) directora, Julia, no sabía ni por donde empezar a buscarla. Se disponía a dar parte a la autoridad, cuando nos llamaron de una gasolinera que estaba a un par de kilómetros. Clara llegó andando, de la nada, lo que llamó la atención de los empleados. Les pidió un Fortuna 23 y un café cortado, y que la dejaran acceder a la tienda a sentarse en su mesa de siempre. El establecimiento estaba cerrado, y atendían por el ventanuco de la caja nocturna. Mientras trataban de explicarle que no podía ser, llegó un coche a repostar, y Clara, a la voz de "Hijo, por fin llegas" trató de subirse al vehículo. Con un tacto y paciencia exquisitos, el encargado salió de la tienda y, conversando con ella, se fijó en el pin de su pecho, y nos llamó. Logró retenerla hasta que llegó Julia en persona, con Laura, la psicóloga, y Daniel, un auxiliar grande y fuerte como un armario. Dicen que se alteró muchísimo, y empezó a insultarles y gritarles. Trataron de hablar con ella largo y tendido, pero, cómo se pondría la cosa, que al final Daniel, literalmente, se la echó a los hombros y la trajo pataleando a la residencia. Cuando llegaron, la escena era surrealista, con ese tiarrón cargando una anciana como un saco de patatas, que no dejaba de gritar y patalear, mientras una mujer, Laura, al lado le susurraba palabras amables, y otra, Julia, no se despegaba del móvil.


En su bolso aparecieron unas tijeras y un cuchillo que nadie reparó faltaban en cocina (para que veáis el control que había). Y en un rincón de la verja, un agujero no muy grande, pero si lo suficiente para su tamaño. A Clara la trasladaron a módulo, el ala psiquiátrica del centro. Una puerta enorme y barrotes en las ventanas la separarían ahora del resto del mundo. Tenía días buenos en los que solo suplicaba por un cigarrillo, o hablaba sola de las noticias del corazón de su juventud, como si estuvieran ocurriendo en esos momentos. Otros, llamaba a gritos a la policía o a su hijo porque la habían secuestrado. Y luego tenía días malos.


Cuando empezaron las toses y la fiebre, tuvo suerte. En el hospital aún nos mandaban ambulancias para recoger pacientes, ya fueran COVID o de cualquier otra patología. Se la llevaron llorando, suplicando que no la sacaran de la residencia. No sé que pasaría en esos momentos por su cabeza. Del hospital nos llamaron tres veces. La primera para comunicarnos que había dado positivo en los tests y se quedaba ingresada. La segunda, cuando empeoró y pasó a UCI.


Y hoy, que nos han dicho que ha fallecido

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