viernes, 30 de octubre de 2020

28/02/2020 Guillermo y la vida regalada

 28 de Febrero de 2020

Guillermo tenía una pequeña empresa de transportes por carretera, con apenas una decena de camiones pequeños y furgonetas, y un buen contrato que le generó una cantidad de dinero para vivir cómodamente, pero no como un rico. De hecho, él mismo solía hacer rutas todas las semanas para sacar el trabajo. Con 30 años, el cuerpo le daba para echar las horas que hiciera falta en la carretera disfrutando de buen rock a todo volumen. Alto, de fornido, con una melena rizada como buen heavy de los 80, su ruta se topó con algo que le hizo dejar el volante para siempre: leucemia. Estuvo luchando casi dos años, y salió adelante. Pero la mitad de él se quedó en el camino. Su cabello jamás volvió a crecer. Extremadamente delgado, parecía un esqueleto cubierto de piel, sufría frecuentes problemas respiratorios y gástricos. Entre otros. No tuvo apenas problemas para que le concedieran la invalidez permanente. "Ésta vez no me ha matado", decía, "pero no me quedan fuerzas para otro asalto. A partir de ahora, todos los días son regalos hasta que cualquier cosa me remate"

Su mujer se encargó del negocio, pero tuvo que dejar su propio empleo para ello. Guillermo hacía chapuzas eventuales, montaba cajas de cartón o carpetas en imprentas, lo que saliera para no sentirse inútil. Siempre que podían, se cogían unos días para ir a su adorado cabo de Gata. "Este aire me da la vida, acabaré comprando algo aquí". 

Los años fueron deteriorándole muy deprisa. Su esófago se estrechó, y estuvo comiendo papillas y batidos casi medio año hasta solucionarlo. Sus pulmones no le permitían ningún esfuerzo físico, y las caminatas por el campo precisaban múltiples descansos. Tuvo problemas oculares, que se aliviaron con terapias experimentales a partir de su propio plasma. Siempre que había algo que probar para mejorar su calidad de vida, ahí estaba él. De nuevo el cáncer llamó a su puerta. De piel.

Volvió a vencer, pero apenas tenía capacidad respiratoria. Le acompañaba siempre una enorme botella de oxígeno que llevaba en un carrito junto a él. Hará tres años solicitó el ingreso voluntario en la residencia para no tener tan atada a su mujer. Apenas tenía 60 años, de los más jóvenes que teníamos. Salía muy a menudo a pasar el día con ella. O el fin de semana completo, o se iban un puente o un par de semanas por ahí. No era extraño, tampoco, que tuviera recaidas. No pocas veces se lo llevaron en ambulancia al hospital con insuficiencias respiratorias. Pasaba allí un par de días, y regresaba. Entró en lista de espera para un trasplante de pulmón. Pero sabía que a sus años, y con el cuerpo que tenía, jamás llegaría la intervención.

El 25 de febrero nos avisó, que se asfixiaba. Ya hacía un par de fines de semana también estuvo ingresado con una neumonía. Se lo llevaron sonriendo. Otra vez más. Estaba acostumbrado a esa rutina. Esa noche nos llamó que era muy probable que al día siguiente ya regresara, que se encontraba mucho mejor. A la mañana siguiente tuvo otra crisis respiratoria, y fiebre muy alta. Le sedaron para intubarle. Hoy su mujer nos ha contado que jamás despertará, y que le han pedido autorización para desconectarle. Ella también está enferma, pero solo tiene tos persistente y febrícula. Sus hijos pasarían por sus pertenencias y a solucionar el papeleo en unos días, tras la incineración.

Ese última quincena de febrero fallecieron 10 residentes, cuando lo normal era que apenas fuera 3 o 4 al trimestre. Todos con crisis respiratorias, neumonías... 

Ninguno fue diagnosticado de COVID. Nunca aparecieron en las estadísticas como tales.

Jamás sabré si lo tenían o no. 

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